Michael Haneke lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a construir un relato que viaja desde la ternura hasta la sobrecogedora sordidez de la realidad y nos lo ha puesto delante de nuestras narices para enseñarnos cómo puede ser y es –en ocasiones– la vida de una pareja de ancianos cuando uno de ellos se convierte en dependiente.
Haneke se ha enfrentado en Amour a sus fantasmas –a sus 70 años el director y guionista así lo ha reconocido–, a los nuestros; a la desesperada y desoladora frustración que supone para una pareja de ancianos la vida cuando uno de ellos queda completamente anulado por un infarto cerebral que le convierte, de forma irreversible, en un vegetal.
El director alemán ha utilizado la pornografía del alma, a...

